Casi nadie sabe de mi encuentro con el diablo. Parecía un día cualquiera, como casi todos, pero no lo fue. Iba en la combi, camino a la universidad, leyendo una revista semanal. En eso, en el asiento a mi derecha se sentó un tipo que me preguntó si era Juan, "eres igualito a Juan, un webón que estoy buscando para dejarlo frío. ¿No eres Juan?", me dijo. Rápidamente comprendí que este tipo me quería asustar y robar. Pero el pobre diablo no podría imaginar con quién estaba tratando, ¿quién podría hacerlo si por ahora solo soy un joven que sueña mucho (y los sueños no se ven)?
Antes de que pudiese seguir con su plan de intimidación, yo empecé a urgar en sus motivos y él terminó contándome su vida. Así se fue conversando conmigo cerca de 20 minutos. Su cómplice delincuente que había subido con él se sentó, con el rostro extrañado, a esperar en los asientos de atrás, sin saber qué ocurría.
El verdadero nombre del diablo "choro" era Javier, y vivía en Castilla. Pero, según lo que me dijo, era conocido como el diablo porque se llevaba "las almas al infierno". Pero más allá de su parafernalia y su apariencia envilecida y llena de cicatrices, Javier era, como todos, un niño. Y disfrutó de contarme de su vida. Incluso me preguntó de la mía. Entonces le comenté de mis sueños y él se emocionó. No le dije que algún día sería el presidente de este país, quizás porque en ese momento no estaba tan seguro de cuál sería la posición que ocuparía. Pero él estuvo de acuerdo en que los problemas de nuestro mundo deben solucionarse de raíz, y que cuando el mundo es una mierda todos somos víctimas, aunque siempre habrán unos que sufren más que otros.
Antes de llegar a la universidad, el mismo diablo me apuntó su teléfono celular en el boleto para que lo llamase en caso necesite los servicios de la "batería más brava" del Callao.
Ya a punto de llegar al paradero de la universidad le pedí que me diera permiso. "¿No hay algo para la gente?", preguntó. Otra vez volví a sonreír y le dije que sin mi celular no podría llamarlo, pero saqué unas monedas de mi bolsillo y le di "para el pasaje".
Antes de separarnos, quizás para siempre, el diablo me dijo que me cuidara. Y "no te olvides de lo que me has dicho".
Claro que no, lo grité en mis fueros. Jamás podría hacerlo. Toda mi vida ha sido "diseñada" para cumplir esas promesas. Y cada día me acerco más a su realización.







